. 057. El camino se hace andando
Etiquetas: fotografia barcelona, fotografia digital, iphone
Es complicado cuando te estás preparando para la despedida. Cuando pasan los días sabiendo que esta llegará.
Me acuerdo todos los días. Todos los días desde que ocurrió. Seguro que fue y será el día más duro de mi vida.
El Sábado 7 de Agosto del 2010 por la mañana cogía un avión dirección Madrid. Eran las 8 de la mañana e iniciaba lo que iban a ser los días más tristes de mi vida.
Es muy raro ir al aeropuerto, con tu maleta para 15 días, teniendo la premonición, el sentimiento y la sensación de que vas a despedirte más que a encontrarte. Que vas a decir un adiós, más que a decir que un hola. Que vas a llorar, más que a reír por encontrarte.
Un vuelo de Agosto en Barajas, todos con caras de verano. Todos con caras de vacaciones. Y yo por el contrario llegaba con cara de susto. De nervios. De esa tensión acumulada desde años. Día a día viviendo con la despedida.
Llegué sofocado, alterado. De por si, siempre que viajo, llego a mi destino alterado, frenético. Activo. Me propuse ser fuerte, como siempre engañándome. Intentando activar lo más rápido posible alguno de mis muchos personajes salvadores. El duro, el sereno, el sensato racional, el que fuera. Pero en ciertas actuaciones estos no se presentan. Me dejan solo. Hacen huelga. No se si es por ellos, por su temor al fallo dadas las circunstancias, o por el contrario lo hacen por mi. Por dejar que viva la situación sin la interferencia que ellos me puedan ocasionar. Como decía, no se presentó ninguno. Me dejaron solo.
El que si estaba esperándome era mi hermano. Serio, con la cara de cansado que se tiene en estas circunstancias. Y ya allí sin más avance la cruda realidad me vino encima. Yo llevaba una hora de vuelo ensayando, como el que repite una y otra vez la lección en su mente antes del examen. Pero hay situaciones en los que por más ensayos, por más muros, por mas capas y por más preparando que creas llevarlo, te golpean con tal fuerza que no puedes pararlas.
Fueron sus ojos. Solo con ver la mirada de mi hermano supe que todo lo que durante todos estos años había rondado por mi cabeza, estaba por llegar. Todo este tiempo de forma cíclica, lenta muy lentamente pero cada vez más cercano en el tiempo, pasaba por mi cabeza el adiós. Al principio, estas en estado de shock y piensas más en el golpe de la noticia que en la consecuencias a futuro. Piensas más en como superarlo. En que hay que hacer. En saber cual es el plan, porque piensas que debe existir un plan. Que esto no es más que un mal contratiempo, pero que mejor o peor, tarde o temprano, todo volverá a una cierta normalidad. Pero poco a poco te vas preguntando por la circunstancia del adiós. ¿Y si llega ?, ¿ Como será ?, ¿ Que pasará después ? Yo en mi caso intentaba hasta preparar la logística de cambios que tendría que acometer en mi vida para cuando llegará el momento. Pero como siempre, y más en estas situaciones, nunca sabes cuando va a llegar el momento. Siempre te pilla aun preparándote desprevenido. En mi caso, lo más lejos que he estado nunca de mis raíces, de mi familia.
Mi hermano intentaba, lo llevaba practicando días y so-matizando poco a poco, aguantar el tipo. Todo en balde. Dos besos, dos frases y dos lagrimas fueron todo. Rompimos a llorar allí mismo, en medio de la rampa que comunica la terminal con el parking. Una mañana de Agosto en el aeropuerto de Barajas.
Era raro dices un hola y lloras porque tu cabeza sabe que en realidad vienes para decir adiós. A mi, se me seguía recorriendo el alma esa extraña sensación que llevaba conmigo toda la semana. desde aquella primera llamada. Desde aquel cigarro alterado en los bajos de San Cugat. Esa sensación fría, cada vez más fría. El adiós trae frió.
Después del trayecto en coche lleno de silencios, con los recuerdos flotando por mi cabeza. Con las lagrimas inundando espontanea y caprichosamente mis gafas de sol. Llegamos al hospital. El de siempre, el que ya conocía de anteriores ocasiones. No me acuerdo del número de la habitación. Entro alterado. Directo. Tenia prisa. Tenia mucha prisa. Casi tanta como miedo. Nunca antes había tenido tantas ganas de verle, que injusto, que tardío. No es que en otras ocasiones no hubiera tenido ganas de verle, pero eran más pausadas. Había más tiempo. Y mas ocasiones. Pero esta vez el cuerpo me pedía correr. Correr y ver con mis propios ojos el estado de la situación siempre con esa esperanza de que todo fuera exagerado, que fuera una más de la muchas que ya había/habíamos pasado.
Recuerdo, y lo tengo grabado en mis ojos, cuando abrí la puerta y le vi. Rodeado. Con mi madre a sus pies, con mis vecinos hermanos llegados de Alicante para quererle. Para tener su propio adiós. Llevaba tiempo sin verle, quizá meses. Y juro que el me sintió. Me busco como pudo con sus ojos y me miró. Me acerque rápido. ¿Que pasa Campi?, ¿Que tal guapo?, Sedado por el dolor apenas podia hablar. Pero sus ojos como siempre, esos ojos azules agrisados, hablaban solos. Me miro de reojo. Sabia que ya estaba allí. Sabia que ya estábamos todos. Su familia. Sus amores.
Mi madre me contó la mala noche que había pasado. Como mi hermana había llorado. Había sufrido. Y había estado a sus pies, cuidandole y queriéndole toda la noche en vela. Y conociéndola despidiéndose también. Diciéndole a su carita lo mucho que le quería. Seguro.
Yo no soltaba su mano. Miraba a mi madre pero mis caricias eran para él. No podía dejar su mano. Como si necesitara darle todos los besos y caricias que no le había dado antes. Le hablaba al oído. Le decía bonito. Lo mucho que le quería.
Siempre he pensado que mi marcha a Barcelona tenia una componente de cobardía. De huida. De alejarme del problema. Del sufrimiento del día a día. Lo viví en la distancia, sufriendo pero sin ver. Sintiendo disimuladamente. Cobardemente. Por el contrario mis hermanos asumieron toda esa responsabilidad, junto a mi madre. A su amor. Mi marcha a Barcelona lo apenó mucho, me lo dijo, le vi llorar como un niño el día que me iba. Más aun le apenó el saber los problemas que más tarde me encontré aquí. Siempre pensaba, me lo decía mi madre, lo mal que lo estaría pasando. Él me conocía, sabia de mi forma de ser, de mi sentimiento. Me imaginaba solo y sufriendo. Lejos de su protección. Y cuanta razón tenia.
No paraba de besarle, de decirle al oído lo mucho que le quería. De darle la gracias por todo. Por todo su sacrificio. Y por todo su amor. Llego un momento que no sabia ya que decir. Lo miraba. Lo besaba. Le apretaba la manos con fuerza como para no dejarle ir. Como para agarrarle y mantener le a nuestro lado. Lo miraba y me parecía increíble. Que el Campi estuviera allí sin hacer ninguna de sus bromas de hospital. La morfina le tenia medio dormido y cada vez le iba haciendo mas efecto. Me acerque su oído, y simplemente le dije que no se preocupara por mi. Que en Barcelona todo se había arreglado. Que simplemente fue una mala racha. Que era muy feliz. Y que otras vez estaba ilusionado. Le mentí. Pensé que de alguna de las maneras tenia que liberarle de ese miedo y sufrimiento que tenia por mi. Por mi felicidad. O mejor dicho por mi falta de ella. Relajarle de su eterna preocupación por cuidarnos. Por vigilarnos. Por ser nuestro protector. Él solo miraba. No hablaba. Solo sus ojos te decían lo que podía pensar. Hasta que le pregunte: ¿Campi me quieres?. Y con un esfuerzo movido por la fuerza sacada de lo más hondo de su ser dijo: Mucho !!!!!
Se durmió, cerró sus ojos. La morfina le entraba por todo su cuerpo. Se apoderó de él. Le dejo dormido hasta el final. Y así llego el adiós. Adiós papa.
(Barcelona 19 Marzo 2011, dia del padre)















